21 sept. 2011

Coloquio con la madre

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Unas noches atrás, mi pequeña hija Milena, me preguntó por mi madre, quiso saber hasta qué edad había vivido, le respondí pero pronto corrigió su pregunta e indagó si mi madre había llegado a conocerla a ella, con cuidado le contesté que no, pero la perspicacia de su pregunta inevitablemente la enfrentó con la idea de la fatalidad, al advertir que mi madre nunca supo de ella lloró desconsoladamente, le prometí que le hablaría de mi madre lo suficiente como para que pudiera pensar en su abuela como si su abuela la pudiera pensar a ella, y entonces no todo sería tan irreparable.

Inevitablemente su llanto me hizo recordar el de Luigi Pirandello en Kaos, aquella incomparable película de los hermanos Taviani. El Epilogo de esta película llevó por título “Coloquio con la madre” y muestra al agobiado escritor que regresa a su casa de la infancia y mantiene un dialogo con su madre muerta, frente al llanto de Luigi la madre lo consuela pidiéndole que la recuerde viva, entonces Luigi le dice que no llora por eso, sino porque ella ya no puede pensarlo a él, por lo tanto es él quien está muerto para ella. Para contrarrestar el estupor, la madre le dice que hay que aprender a ver las cosas a través de los ojos de quienes ya no están, que es más duro, pero eso hace que las cosas sean más sagradas y más bellas, Luigi le dice entonces que él sabe qué ven sus ojos, la vela de aquella barca de su infancia, le pide que vuelva a contarle aquella historia ya que algo se le escapaba, ella le repite aquel relato de destierro e inocencia perdida en la isla de Pómez rumbo a Malta, donde la madre aún niña, desde lo alto de una montaña de arena, descubre la luminosa profundidad del azul del mar, y como si pudiera respirarlo, se deja caer para bañarse en él, luego vuelve a subirse a la barca y rema hacia el destierro.






Pirandello recupera del relato aquel instante donde se relacionan la felicidad y el dolor, la necesidad de lanzarse a gozar de la belleza para enfrentar la amargura, lo reparador; recupera la mirada de quienes ya no están, lo sagrado que ahora sí, sus ojos ven.





Quizás, la belleza de los ojos sólo esté en la profundidad de lo que han visto.

F. O’C.

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11 sept. 2011