23 jul. 2010

R. B. KITAJ

Ronald Brooks Kitaj
1932 – 2007

R. B. Kitaj - 1984

Unos cuántos años atrás, leí que alguien le preguntaba a Guillermo Roux quién era el artista contemporáneo que más le interesaba, su respuesta fue: “me interesa hacia dónde está yendo Kitaj”, en ese momento no supe a quién se estaba refiriendo. Tiempo después, en 1997, tuve la fortuna de visitar el Metropolitan Museum of Art of New York, la última de las tres tardes que pasé allí, mientras los guardias me insistían que abandonara el museo ya que estaban por cerrar, seguía husmeando en la librería de compras cuando me topé con un voluminoso catálogo impreso por la Tate Gallery que decía: “R. B. Kitaj: A Restrospective”, recordé las palabras de Roux, hice alguna que otra cuenta y viendo que mi economía no corría peligro, lo compré y salí del museo.
Me fui acercando al libro tratando de descubrir qué podría resultarle tan poderoso a Roux para nombrar a este artista, hasta que simplemente, de buenas a primeras, esa intriga fue arrasada por una estética que de golpe se me hizo visible y que nunca dejaría de atraerme sino como la estética de un hiperlúcido.
Ésta es la historia de un artista al que prácticamente no se lo nombra y que quizás haya sido el responsable del fenómeno más influyente de finales del S. XX: la “Escuela de Londres”; pero también es la historia de un hombre que nunca encajó bien en ningún lado, y a quien el destino le tuvo reservada una temporada en el infierno.

Nacido en 1932 en Cleveland, Estados Unidos, de padre húngaro y madre descendiente de inmigrantes ruso-judíos, sufrió el temprano abandono de su padre; su madre volvió a casarse en 1941 con el Dr. Walter Kitaj, un austríaco del que Ronald tomó su apellido; siendo muy joven se enroló en la marina mercante, lo que lo llevó a recorrer el mundo e instalarse finalmente en Londres durante cuarenta años de su turbulenta vida. En 1953 contrajo matrimonio con Elsi Roessler, con quien tuvo dos hijos y quien murió tras una sobredosis en 1969. El impacto de este hecho provocó que Kitaj simplemente dejara de pintar y limitara temporalmente su experiencia artística a la docencia. Con el tiempo fue reconectándose con el trabajo de taller a través del dibujo de la figura humana, el estudio de los grandes maestros, y el aliento de Sandra Fisher, una extraordinaria pintora 15 años menor que él y quien sería la mujer que gravitaría en su vida para siempre. En 1983, después de convivir durante 12 años, Kitaj contrajo matrimonio con Sandra, quien moriría en 1994 a la temprana edad de 47 años, sumiendo a Kitaj en el más profundo dolor hasta el fin de sus días en 2007.
En 1976 aceptó la invitación de Britain’s Arts Council para organizar una gran exposición colectiva que llamó “The Human Clay”, para la cual convocó a 48 pintores que según su mirada, ponía de relieve lo que nadie advertía en el Londres de ese momento, la figuración que se estaba produciendo de manera dispersa podía agruparse bajo lo que él mismo llamó en el catálogo de dicha muestra “The school of London”. Este término permitió identificar a un conjunto de artistas entre los que figuraban nada menos que Lucien Freud, Frank Auerbach, Francis Bacon y Leon Kossoff
, además de él mismo. Puede decirse que Londres le debe a esta muestra y a Kitaj, el haberse convertido, hacia finales del S. XX, en el centro del mundo pictórico frente al auge de la abstracción y el conceptualismo que dominaban en New York.

En líneas generales el discurso de Kitaj es una estética que parece contener a todas las demás, algo así como la resultante de todo lo que el devenir pictórico produjo desde Degas en adelante, me atrevo a decir que es prácticamente imposible comprender el discurso de Kitaj sin hacer una interpretación global de la interrelación de las vanguardias del S. XX, porque su obra es en cierto sentido justamente eso: una síntesis de todas ellas. A través de su obra mantuvo un profuso diálogo no sólo con Degas sino también con Cézanne, Picasso, Matisse, Chagall, y ni hablar de sus contemporáneos Freud, Hockney y hasta el mismísimo Bacon. El lenguaje de Kitaj no sólo se nutrió del lenguaje de todos ellos, sino que por momentos, incluso el lenguaje de éstos parecía cobrar verdadera dimensión en el discurso de Kitaj, Robert Hughes llegó a decir que era el mejor dibujante entre los artistas vivos. El espectro del color en Kitaj es tan amplio como la cantidad de obras que produjo, cada obra conlleva la construcción de una paleta, y cada paleta llena de furor y refinamiento; la dinámica de su composición es pura ruptura y construcción, lo cual implica una complejidad tal, que desconcierta la espontaneidad con la que cada obra encuentra su solución. Ahora bien, el condimento que aglutinó todos estos aspectos de su discurso fue la permanente recurrencia a su memoria; si bien su condición de intelectual de izquierda, como su constante conflicto religioso (que lo llevó a definirse como un “Judío errante”) fueron verdaderos abrevaderos para desarrollar una personalísima iconografía, eran sus recuerdos los que parecían abarrotarse en su mente de tal modo que sólo la pintura lograba organizarlos; la enorme cantidad de información vinculada a su universo afectivo lo llevaba a no poder refrenar el deseo de explicar incluso quién era quién en sus cuadros, y aquí está probablemente el germen de su tragedia.




Sandra Fisher y Kitaj - 1992


Se sabe que se toman decisiones y se sufren las consecuencias; Kitaj tomó cabal conciencia de ello en el momento en el que parecía que la consagración llamaba a su puerta.
Nadie en su sano juicio puede arrogarse la autoridad de decir qué puede o no hacer el otro; también es cierto que nadie debería menospreciar las consecuencias de ir en contra de tales arrogancias; así Kitaj, tras haber sido durante años advertido por la crítica acerca de su compulsión a escribir sobre su obra, incluso en sus propios catálogos, desafió al destino cuando en 1994, la Tate Gallery de Londres le organizó la célebre retrospectiva que acabaría en desgracia.
Kitaj, como Van Gogh y tantos otros pintores, también escribía, y escribía muy bien, hasta era reconocido por ello, pero según la crítica, un pintor debía dedicarse a pintar sin interferir en la lectura de la obra con donaires de ensayista, más bien debía dejar el trabajo de la palabra escrita para quienes se dedicaban a tales menesteres. Sin embargo, en el catálogo de dicha muestra (aquel con el que yo había dado una tarde en el Metropolitan) decidió publicar una declaración donde reconocía estar entrando en la fase de su madurez artística, además de una serie de textos de su autoría junto a las reproducciones de sus obras, los cuales hoy son de un enorme valor documental, pero en ese momento fueron la muestra de su rebeldía, junto con la osadía de no permitir que fueran “los conocedores” quienes proclamaran su madurez; el desafío de semejante muestra de independencia fue inmediatamente respondido con críticas negativas en bloque y desde todas las direcciones con sentencias llenas de saña tales como “basura existencialista”, “seudo-intelectual” y “fanfarrón”; la reacción de la crítica devino en ataque devastador. Según palabras en The Times, “the most violently attacked solo show in living memory”
Kitaj y Sandra entraron en un estado de profunda tensión tras este ataque que interpretaron como antisemita, antiamericano y anti-intelectual. Pocos días después, Kitaj viajó a los Estados Unidos para estar junto al lecho de su madre agonizante cuando recibió la noticia de la que jamás se recuperaría: en Londres, Sandra, profunda y repentinamente deprimida, sufre un ataque cerebral y muere días después.


R. B. Kitaj - 2007

“They tried to kill me and they got her instead”


Ronald B. Kitaj, jamás pudo escindir la muerte de su esposa del ataque perpetrado por la crítica, según él, impactó en su ánimo de tal modo que sobrevino el ataque.
Dos años después de la muerte de Sandra Fisher, Kitaj abandonó al Londres que él mismo había contribuido a poner en el centro del mundo para volver a instalarse con Max, su pequeño hijo, en Los Ángeles, Estados Unidos, donde se habían conocido y donde sus otros hijos y nietos también residían.
Los últimos diez años de su vida los pasó recluido en soledad, huraño, escribiendo y pintando como siempre abarrotado en sus recuerdos; a pesar de su agnosticismo, se pintó frenéticamente junto a Sandra como ángeles amantes; en el catálogo de “Los Ángeles Pictures” escribió: “Sandra y yo hemos vuelto a ser amantes; puedo hacerle el amor a mi ángel con mi pincel, encontrarla de nuevo, acariciar sus contornos.”

Durante años, seguí recurriendo a su catálogo como un lugar donde encontrar respuestas en medio de la confusa batalla que implica la construcción de un discurso estético; también durante muchos años ignoré que lo que tenía entre manos era el mismísimo catálogo que desencadenó su derrumbe.
Aquella respuesta de Roux, “me interesa hacia dónde está yendo Kitaj” cobró finalmente otra dimensión, pues tal como Kitaj mismo lo advirtió, marchaba en efecto hacia su madurez, pero también hacia su tragedia.
El 21 de octubre de 2007, ocho días antes de cumplir 75, y tras doce 
años de tolerar la ausencia de Sandra, Ronald Brooks Kitaj, de espaldas al mundo, se quitó la vida.



Fernando O’Connor

Bs. As. Julio de 2010.


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